La segunda reconquista

Durante años hemos escuchado a Adrián Salbuchi la importancia de refundar los países hispanos me­diante proyectos similares a lo que llama P.S.R., Proyecto Segunda República. Una idea lúcida que ha de­bido ayudar a cientos de miles de hispanos a reflexionar sobre los males que arrastramos en nuestros países durante los últimos siglos y sus posibles soluciones. La propuesta -en octubre de 2019- de la semana de la Hispanidad y su continuidad en la web comunidadhispana.com ha resultado otra iniciativa de gran calado que nos ha ayudado a muchos en este despertar de la valoración de nuestra identidad, ya casi olvidada o perdida.

Quisiera aplicar estos principios animando a los hispanos, a los que sientan el orgullo de serlo, a una iniciativa ambiciosa. La idea sería que tras dos siglos de incertidumbres y de intentos de adaptación a un mundo diferente, desde que los países hispanos (todos) perdimos la independencia, es el momento de caer en la cuenta de lo que realmente ocurrió entonces, de que fue malo para todos, de que fuimos “co­lonizados” (esta vez sí) por potencias foráneas, y de que podemos y debemos invertir el proceso.

La Reconquista como modelo

La propuesta que deseamos hacer se basa en rememorar un proceso análogo padecido por la Hispa­nidad (la Hispania de entonces) hace ahora unos 1.300 años. Tras la pérdida de la independencia y la toma del país por forasteros, la mayoría optó por claudicar. Otros habían accedido al poder y cualquier enfren­tamiento o rebelión era reprimida de modo cruel y decidido.

Unos pocos pensaron que -pese a su situación tan minoritaria y marginal- podían iniciar una rebelión frente a ese estado de cosas. Poniendo en juego toda su astucia y su valor, consiguieron asentarse como una fuerza respetable y tras varias generaciones con muchas batallas y sufrimiento, se llegó a un tiempo de equilibrio con ese adversario antes tan poderoso, y después seguir avanzando hasta vencer y expulsar del territorio a tal enemigo que la mayor parte de sus antepasados pensaban era invencible.

No hay enemigo invencible. Pero para vencer se necesitó un elemento aglutinador diferencial. Ellos eran cristianos y tenían una cultura y civilización a la que no querían renunciar. Querían mantener su modo de vida como hombres y mujeres libres, mientras que los otros les ofrecían una ciudadanía de se­gunda fila con humillaciones, en caso de someterse, o bien la esclavitud o la muerte, en caso de no ha­cerlo. Decidieron arriesgar. Pensaron: no queremos la esclavitud ni el vasallaje deshonroso, queremos vivir a nuestro modo y en nuestra tierra. Podemos perder la vida en el intento, pero tenemos que arriesgar porque la vida que queremos es otra de la que nos ofrecen.

Nosotros, sus descendientes, también hemos sido atacados y nuestras instituciones de poder son te­ledirigidas desde afuera. Se nos intenta apartar de nuestra cultura, lengua y modo de vida tradicional para imponer un globalismo que haga que todos se sientan ciudadanos de esa civilización unificada, por su­puesto desde el sistema de valores masónico-anglosajón promovido estos dos últimos siglos por el impe­rio británico-norteamericano.

Podemos pensar, como tantos renegados hispanos medievales hicieron en su día, que eso es lo que hay y que enfrentarse a ello nos va a llevar al aislamiento, a la ruina, a situaciones peores; a nosotros como individuos concretos y a nuestros países ahora separados.

Si todos hubieran pensado eso en aquel trance, ahora toda Iberia sería una prolongación del Magreb y si esos mismos hubieran navegado a América, el continente entero podría ser hoy día parte del mundo islámico.

No tenemos nada contra el Islam como tal. Los que pertenecen a esa cultura hacen muy bien en de­fenderla y mantenerse en ella frente a la misma globalización que a nosotros nos amenaza. Pero nosotros pertenecemos a la nuestra y estamos bien así. No deseamos que nos saquen de ella ni unos ni otros. Con ello damos por buenos los esfuerzos y trabajos de nuestros antepasados, damos vida a nuestros muertos, que lucharon, sudaron, trabajaron, construyeron, abrieron el camino para que nosotros tengamos las ca­sas que habitamos, el patrimonio de que disfrutamos, nuestro arte, nuestras catedrales, nuestras univer­sidades, nuestros museos, etc.

La propuesta es rememorar ese proceso histórico tan singular, que llamamos Reconquista y aplicarlo a los tiempos modernos como elemento aglutinador y de estímulo para mover a los actuales hispanos a reconstruir los lazos que nos unieron, aprovechando las ventajas del mundo moderno, donde las largas distancias no son obstáculo para la comunicación y la convivencia en territorios grandes o muy alejados.

Recuperar la Hispanidad

La unión hace la fuerza, la desunión hace la debilidad. Los que nos explotan intentan mantener esa desunión. A ellos les fortalece y a nosotros nos debilita. Inventan todo tipo de artimañas para mantener­nos separados. Sobre todo el “patriotismo” de nueva generación (de los estados artificialmente generados en el siglo XIX), la “autonomía” (que no decidan otros por ti), etc. Al final siempre deciden otros, pero es mejor que sean de los “nuestros” que de ellos. Y al decir de los nuestros, no nos referimos a la vergonzosa retahíla de “suyos” que nos han vendido como “nuestros”, desde los presuntos “libertadores” del yugo español (de entonces) hasta los presuntos libertadores de la pobreza o la opresión (de ahora), siempre a las órdenes de “ellos” y decididos a vender su tierra y su gente por un plato de lentejas. Los nuestros son el pueblo real, las mayorías naturales de nuestros países, la gente sencilla, sana, honesta y trabajadora, cantera de la que pueden salir millones de personas capaces de dirigir estos procesos, primero de inde­pendencia real (aún sin estrenar) y luego de búsqueda de fórmulas de federación o reunificación al nivel que se vea conveniente.

Somos un gran pueblo de cientos de miles de humanos, que nos percibimos -y, aún más, somos per­cibidos por otros pueblos- como muy similares.

Tenemos un gran territorio. Fue nuestro (de todos) y miembros de ese complejo y extenso estado fuimos una potencia libre (no dependiente de ningún otro país), una potencia fuerte, una potencia prós­pera, una potencia digna, una potencia culta…

Tenemos una gran lengua común (al margen de numerosas antiguas y valiosas lenguas locales), que nos permite una comunicación fluida, y que es conocida y valorada en el resto de países.

Tenemos una justa causa que esgrimir. No contra nadie, no agresiva, que no busca la hegemonía sobre los demás. No aspiramos a reivindicar ningún territorio que no estuviera integrado en su día en nuestro país. Esta causa es a favor de recuperar nuestra cohesión y nuestra independencia (respecto a terceros, no respecto a los demás pueblos hispanos), de utilizar nuestros recursos para el bien de nuestras gentes y de recuperar una autoestima muy dañada.

Tenemos una gran cultura, una filosofía (basada en el humanismo cristiano), una idiosincrasia, tradi­ciones y costumbres bien definidas y comunes.

Tenemos una gran historia compartida por siglos, pero además una historia anterior (cada uno por separado) que nos afecta, nos interesa y nos involucra a todos.

Tenemos mucho que celebrar por habernos encontrado. A quienes opinan lo contrario -especial­mente desde los pueblos indígenas- recordémosles que cualquier queja que puedan tener contra el hecho de haber sido incorporados al proyecto hispano, se vería infinitamente aumentada si -algo inevitable- hubieran sido otros países los que los hubieran incorporado. Amén de recordar la actitud indígena a favor de la corona en la independencia y el que las acciones más negativas contra ellos se llevaron a cabo a partir del siglo XIX, en que nuestros países pasaron a ser gobernados de facto desde el exterior.

No tenemos nada que celebrar por habernos separado. Esto con motivo de los recientes o cercanos centenarios o bicentenarios que estos años se han celebrado o se puedan celebrar a favor de los procesos de “independencia”. Somos muchos, pero a ninguno nos ha ido bien. Todos estamos peor que cuando íbamos juntos. Es bueno aprovechar las fechas para jornadas de reflexión, pero dirigidas a unas posturas más autocríticas sobre los resultados de esos procesos, que vayan ayudando a poner en su sitio real los hechos acaecidos y sus consecuencias.

Rechazamos frontalmente la llamada Leyenda Negra, sembrada por muchos enemigos foráneos y abonada por muchos de los nuestros deseosos del aplauso de aquéllos, pero a la que muchos modernos historiadores, periodistas, pensadores e incluso jóvenes influyentes de internet están contribuyendo notablemente a ir arrinconando. No se trata de inventar una nueva historia que convenga a nuestros intereses, nos basta con que se estudie y se divulgue la Historia real, con sus luces y sus sombras (la nuestra y la ajena también).

Tenemos que llamar a estas reflexiones -y foros públicos que se celebren- a los hermanos pueblos de habla portuguesa. Portugal ha compartido historia milenaria con España y Brasil es el mayor país de His­panoamérica. Se puede avanzar en la cohesión de los pueblos que hablan español aparte de ellos, pero sería mucho más deseable no dejarles de lado.

Utilizar el término Hispanidad en la cultura como realidad tangible

Finalmente, quisiera terminar con una propuesta muy concreta y al alcance de muchos que piensan que no están en condiciones de trabajar en pro de estos planteamientos.

Se trata de promover en los estudios científicos, literarios, jurídicos, etc., que cada especialista pueda hacer; en las conferencias, conciertos, filmaciones, etc…, el introducir la marca Hispanidad de modo ex­plícito. A modo de ejemplo, en mi caso estoy preparando una obra que se va a titular “Topónimos y ape­llidos ancestrales de la Hispanidad”. Muchos expertos elaboran ensayos, artículos, conferencias, etc., afectando a toda o gran parte de la Hispanidad y suelen titularlo como “… en Hispanoamérica”, “… en los países hispanos” “… en los países hispanoparlantes”, o peor: “… en América Latina” o “… en los países latinos”. Es importante el uso de un término al que se pueda asociar no sólo un mapa de territorios con­tiguos (el sur de Asia, el norte de África) sino que sugiera unos vínculos estrechos entre esos territorios y un gran acervo común, como el señalado en el apartado anterior. Nadie da su vida por “Latinoamérica”, ni por el “Cono Sur” ni por la “Península Ibérica”, sino por su patria, que tiene siempre un nombre hermoso y entrañable o por un proyecto de patrias hermanas para vivir dignamente en los tiempos que nos tocan.

Nuestros adversarios llevan siglos difundiendo el uso de los términos que diluyen nuestra cultura y se oponen a nuestra cohesión. Parece a veces que la principal preocupación de los países al norte de los Pirineos y el río Grande sea el que la Hispanidad, que aún sobrevive milagrosamente, herida y confusa, termine por desaparecer para siempre. El que subsista, y con ella nuestra soberanía, nuestras institucio­nes y nuestra identidad, dependerá de una reacción muy decidida de los pueblos. Si esperamos a que se mantenga sin más o lo dejamos por imposible, como los godos sometidos en su día, puede que las gene­raciones jóvenes actuales vean una desaparición de su cultura actual similar a la ocurrida en Filipinas hace pocas generaciones, tras el genocidio más sistemático sufrido por la Hispanidad.

Gonzalo Mateo, diciembre 2019

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