Nuestra tradición es nuestra única defensa

«Si queremos un futuro para nuestros hijos y nuestros nietos, debemos entender lo que somos para que Argentina no colapse«

Veamos como levantar los ánimos. Una desazón generalizada ha sido transmitida de generación en generación entre los pueblos de Argentina y de toda Hispanoamérica; no saber cuáles son las causas de lo que nos ha pasado, causas que han dibujado la permanente frustración en nuestra tierra. Esta historia ya lleva dos siglos y se repite con cada cambio de gobierno, cualquiera sea su color político. Una de las causas de lo que nos pasa, es por no hacernos la pregunta elemental: “¿Qué somos?”

Sin identidad definida somos solo un territorio habitado. Por eso es urgente saber respondernos. Nos va el futuro en la respuesta.  Los países antes de ser estados son pueblos, estos primero son tradiciones y con ellas se dan forma a las civilizaciones, las que se construyen en base a usos, hábitos y costumbres encarnadas, con los cuales se construyen valores, principios y creencias y con ellas nuestras leyes de convivencia.  

Debemos comprender que la civilización se sostiene por la identidad religiosa o por un sustitutivo de la misma, por ejemplo: el “nuevo hombre soviético”, ateo y materialista. Recordemos como fracasó ese modelo que fue impuesto a sangre y fuego con la mayor crueldad. Desde que cayó el Muro de Berlín, Rusia trata de levantarse del desastre revolucionario de 1917, por medio de una restauración religiosa. En vez de los comisarios políticos comunistas, hoy las FFAA rusas tienen capellanes en cada unidad militar. Esa es la diferencia substancial entre revolución y restauración, la primera ha demostrado que nunca trae progreso, destruye ensañándose en la sangre de sus víctimas, la segunda construye sobre los Santos Evangelios, imperios que duran mil años.

Cuando las tradiciones que identifican a un pueblo por su pertenencia a una civilización se debilitan, también lo hace el sentido de la patria. 

La tradición es nuestra mejor defensa. Tradición no es blandura, es llevar hierro en la sangre. Pues sin identidad común, no hay un propósito que unifique a una comunidad humana. Sin unión, no hay objetivos de convivencia. ¿Qué hay de unión entre nosotros si rechazamos la pertenencia a una religión y a un idioma que la transmite de generación en generación? ¿Qué objetivos comunes de grandeza podemos perseguir si no tenemos una identidad común? Una lengua sin fe se muere, no transmite nada más que los hábitos y labranzas cotidianas. Apenas lo necesario para la vida de todos los días, pero sin sentido de trascendencia, y eso significa, sin sentido de futuro. Occidente sin la cruz se barbariza y cada hombre se vuelve a su estado más primitivo y egoísta; ahí comienza a morir una sociedad. Pues cuando se rechaza voluntariamente lo imperecedero, se cae en algo tan banal como en los pensamientos de moda que cambian cada día. Lo políticamente correcto, que hoy es una cosa y mañana otra.

Es cuando aparece el peligro de ir boyando de moda en moda, de artilugio en artilugio. Y en ese camino a ningún lado, que se llama abismo, podemos perder en él nuestra senda correcta y los reflejos para reaccionar antes de llegar a un penoso final. Por eso, debemos saber lo que somos, para tener el hálito de la existencia y el deseo de trascendencia. Cuando las tradiciones agonizan, también lo hace el sentido de patria. Lo que lamentamos que nos pasa es porque echamos a Dios de las leyes, de la educación, de la familia, del trabajo y de la política y, a veces, hasta de algunas iglesias. Y El, como caballero que es, no se queda donde no lo quieren. Con eso tenemos el resultado que nos buscamos. Para no desaparecer como una página perdida en los libros de historia, es primordial que en nuestras leyes y en nuestra vida, tengamos en cuenta que tradición es supervivencia. Sí lo sabrá Constantinopla. Sobreviviente por mil años de la caída del imperio, sostenida en la Fe y las tradiciones. Cuando se entregó al materialismo, cayó al mínimo esfuerzo de los herejes. Y es ese testimonio que, como si fuésemos atletas del espíritu, debemos pasarlo de una generación a otra.

No hay mejor síntesis del ser argentino que el testamento espiritual del teniente Estévez escrito en una carta dirigida a su padre, en medio de una trinchera en las Islas Malvinas, cuando dice: “Papá, gracias por hacerme argentino, católico y de sangre española”. Palabras antecedidas por el padre Castañeda, sacerdote rioplatense a principios del siglo XIX en que él decía: “Por Castilla fuimos gente”. Fue el sentimiento reflejado en el grito de batalla de un piloto argentino al lanzarse en picada sobre un buque enemigo en 1982, cuando sonoramente anunció al pérfido invasor: “Por la Virgen de Loreto”recordando a la patrona de la aviación, esa bella advocación que nos recuerda que la casa de la Virgen María voló de Tierra Santa a Loreto, en Italia. A esos 649 caídos en el Atlántico Sur, gesta que nos justifica y explica como nación argentina hija de Isabel la Católica, les debemos el obligarnos a recuperar el timón de nuestra historia. Habrá quienes defeccionen. A aquellos que lo hagan, dediquémosle unas palabras parafraseando al gran Lope de Vega: «¡¡Y el apátrida que no la quiera, que no tenga un buen hijo que le cierre los ojos ni un palmo de tierra santa, donde dejar sus despojos!!»

¡Más allá de las promesas ante un mundo en descomposición, más allá de las amenazas de quienes siempre quieren destruirnos y mentirnos, todavía nos queda una tierra argentina y un continente hispanoamericano fundado por Isabel y Fernando. Del subsuelo espiritual de la patria, como un ave Fénix, saldrá a la superficie en su rescate! ¡¡Honor y gloria a los combatientes del Atlántico Sur de 1982, que cuando la nación Argentina llamó, dijeron PRESENTE! De la misma manera debemos gritar los argentinos y nuestros 600 millones de compatriotas hispánicos. A una sola voz y con el mismo espíritu. Gritemos ¡hierro!, en vez de oro. ¡Heroísmo!, en vez de egoísmo. Los pueblos sobreviven por la capacidad que tienen de sangrar por su destino.

Y como señal de lo que todo buen argentino e hispanohablante debe tener como guía, les dejo este poema criollo, reflejo de nuestra herencia castellana, que es toda una regla de vida:

“Cuando pases por la cruz

te has de sacar el sombrero

qué allí puso las espaldas

Jesucristo el nazareno.”

Cancionero de La Rioja (Argentina), de Juan Alfonso Carrizo

Autor: Patricio Lons

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